Discurso de Mónica González en ceremonia de premiación 2019

Escrito el enero 31, 2020

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POBRE EL QUE NO CAMBIA DE MIRADA

Enero 2020

 

Agradezco el privilegio de invitarme a ser parte de este jurado en este año de crisis profunda, rebelión y fractura social pues me ha permitido apreciar lo mejor de nuestro periodismo enfrentado a descifrar la desigualdad. “Pobre el que no cambia de mirada” es una frase que hoy más que nunca se aplica a los periodistas que, por cierto, no hemos escapamos a los cuestionamientos masivos. Todo este proceso nos obliga a hacernos una profunda introspección y autocritica. Ello es lo que me ha motivado la siguiente reflexión.

 

Perfeccionar herramientas y métodos para investigar los vericuetos secretos por donde se cruzan los caminos del dinero y la política es la médula de lo que he hecho como periodista en las últimas cuatro décadas. Sí, claro, primero fue lo esencial: buscar a los que en autos sin patente secuestraban de sus casas, en industrias, liceos y universidades, a personas que nunca empuñaron un arma. Los acusaban de terroristas y lo único que anhelaban era cambiar el rostro de miseria de este país con sus manos e inteligencia. Por eso, porque eran lo mejor de lo nuestro, porque los respetábamos y queríamos, seguiremos buscando sus restos por siempre.

Si hurgarán como yo lo he hecho en ese archivo del horror de detenidos desaparecidos y ejecutados, constatarían que más del 90% de ellos nunca empuñó un arma. Por eso, a partir de entonces mi obsesión fue desarmar la máquina de muerte.

 

Hasta que a mediados de los ’80 entendí que esa máquina de muerte estaba asociada a objetivos económicos. De allí la privatización de empresas, las reformas laboral y previsional, que entraron en vigor en 1980 y cuyas consecuencias hoy estamos constatando y viviendo en este estallido social, porque están en el origen. Hay que incluir allí otras leyes del oprobio con carácter constitucional: la que permite que cualquier individuo, incluso delincuentes, puedan instalar un colegio o una universidad y lucrar con las necesidades y aspiraciones de los más necesitados. Y otra: la que les permite a los privados vender en millones el agua que el Estado les dio gratis e impide que sea declarado como bien público.

 

Nadie me enseño en la universidad a mirar con ese gran angular, a entrelazar datos y personajes, a confeccionar líneas de tiempo y del dinero, a estudiar sin tregua para poder descifrar balances y procesos económicos. Fue la urgencia. Y ella tenía un solo objetivo: terminar con la dictadura. Una lucha por la vida.

 

Por eso, ahora, cuando escucho “¡El periodismo está en crisis!”, ese grito de guerra que se proclama en distintos tonos y hasta como un lamento, frunzo el ceño. Tampoco es la libertad de expresión la que está en juego. ¡Es la democracia la que está en peligro! Y los mismos que quieren avasallarla, aplastarla, asfixiarla, quieren terminar con el buen periodismo. Nos han declarado sus enemigos, a mucha honra, y por eso el buen periodismo está en peligro de extinción, en crisis. ¿Por qué? Porque sin nosotros, sin el buen periodismo, a los ciudadanos no les será posible enfrentar esta encrucijada clave para nuestra libertad. Estarán ciegos y solos. A merced de los corruptos.

 

Este estallido de rebelión inédita es no solo una fractura social y política de las instituciones, sino también una profunda crisis de corrupción. Y el periodismo está en el meollo: vive una crisis ética que lo está carcomiendo, corroyendo la convicción de que no hay tregua en la búsqueda de luz para iluminar las zonas oscuras donde se anidan los corruptos. La crisis ética nos está corroyendo el alma.

 

En esta vorágine más que nunca me aferro a los valores que me enseñaron mi padre, un obrero ferroviario y sindicalista; y algunos hombres y mujeres excepcionales en dictadura: a no mentir. Que a la muerte se la combate con vida, con dignidad, con la fuerza de la verdad. No había necesidad de inventar métodos de exterminio o víctimas. Si recogías entre el miedo y el horror los testimonios de lo que realmente ocurrió, el problema era cómo no quebrarse, cómo no doblegarse ante el miedo que calaba los huesos y seguir. Y en esos días oscuros aprendí también -con mucho dolor- que nadie nace asesino. Tampoco torturador. Y menos corrupto. Que esa máquina de muerte y descomposición que algunos monstruos ponen en marcha va transformando a su paso a hombres y mujeres de bien. Que la verdad está hecha por trazos firmes y muchos matices que ilustran. Enseñan. Iluminan.

Por eso, recuperada la democracia seguí en lo mío: el periodismo en profundidad. Había tanto atraso que atrapar en derechos perdidos y calidad de vida. Sí tuve que cambiar radicalmente el foco, la mirada, los datos que se asocian. Porque descubrí que la corrupción no era monopolio de un sector, que algo había ido enturbiando el alma de algunos que lucharon por la libertad.

 

Y vino el lucro de las universidades, institutos y colegios y el descubrimiento de que –deliberadamente– no había reglamento que lo conceptualizara, fiscalizara y castigara. No era olvido ni descuido, era una omisión deliberada.  Vino el horror en que viven miles de niños que han pasado y siguen siendo víctimas de abuso en el Sename. Basta con ver hoy cuántos de ellos están entre los heridos de las manifestaciones, incluso con graves lesiones oculares; entre los detenidos en estos casi tres meses de rebelión entre los que se llaman “Primera Línea”. Son los más desvalidos, los más vulnerables y, por ello, el Estado está obligado a garantizarles una vida digna, y en vez de ello han tenido más violencia, abusos y abandono. Hay uno inhumanos que vociferan que los repriman y los maten; hay quienes piden que los metan a todos en la cárcel, la más violenta y eficiente escuela de delincuentes. Se olvidan de que son nuestros hijos. Los han ignorado siempre. Se olvidan también de que la ley que eliminó a los hijos ilegítimos se suprimió en 2003. Muy tarde, una vergüenza, pero al menos ya no existe. Son nuestros hijos y tenemos que hacernos cargo. Algo hay que hacer, es urgente y prioritario.

 

Y el horror en que vive más de un millón y medio de chilenos -solo en la Región Metropolitana- en zonas ocupadas por el narcotráfico, a merced de pandillas, del crimen organizado. Luego nos sumergimos en el financiamiento ilegal de la política y con ello supimos los pagos de Corpesca y las principales pesqueras a parlamentarios y autoridades para tener una Ley de Pesca a la medida de sus privilegios; los pagos de los dueños de Penta, del Grupo Angelini y del pulpo Soquimich, que repartió coimas por todo el espectro político. La empresa de la que se apropió el yerno de Pinochet distribuyendo dinero sucio hasta a políticos de izquierda. ¡Qué asco! Y todo para qué: para obtener a cambio leyes que les aseguraran a esas empresas grandes beneficios a costa del deterioro acelerado de la calidad de vida de los ciudadanos. Como el PISO LEGAL de un 10% de utilidades -antes del pago de impuestos- para las empresas de distribución eléctrica, todas transnacionales. Y la colusión de los pollos, del papel higiénico, y la peor y más criminal: la que le subió el precio a los medicamentos.  Y el sello maldito que une a todos esos capítulos de corrupción millonaria: nadie va a la cárcel.

 

Después, siempre en CIPER, hicimos la exhaustiva investigación de los dueños del agua en Chile, la corrupción que corroe Carabineros y seguimos a otra y otra investigación de corrupción. ¡UF! Y la conclusión que hoy todos debemos asumir: la corrupción no es circunstancial. Se ha convertido en una lacra sistémica que carcome las instituciones destinadas a garantizar nuestra vida, minando nuestras esperanzas y la fe pública, haciendo cundir el odio y poniendo en grave peligro la democracia.

Y la pregunta que debemos hacernos: ¿y dónde estábamos los periodistas que no la vimos pasar? Tampoco sus efectos

 

Y la ecuación casi matemática de lo que provocó esta corrupción sistemica: cada vez que el Estado echa pie atrás y abandona sectores o zonas de nuestro país, ese espacio lo ocupa el crimen organizado. La corrupción mata, asesina. Lo que está en peligro, finalmente, con esta lacra que avanza sin control, es la posibilidad de vivir en paz, de cambiar el rostro de miseria y desigualdad que se ha ido anidando en áreas de nuestras ciudades, nichos cada vez más grandes, porque el Estado, es decir, todos nosotros, los hemos abandonado.

 

Y hoy los periodistas debemos asumir que no fuimos capaces de hacerles ver a políticos, parlamentarios, empresarios, jueces, académicos y a miles y miles de profesionales y comerciantes de bien, cuánta ira se había acumulado provocada por el abandono en que había dejado el Estado a los pobres y a amplios sectores de la clase media. No fuimos capaces de mostrarles a todos ellos qué pasaba con las familias que viven en las zonas ocupadas por el narcotráfico y menos con las mujeres más vulnerables y olvidadas: las jefas de hogar de los hogares de menores ingresos -que son mayoría- y que deben intentan sacar adelante a sus hijos sin un hombre a su lado. Solas. Invisibles. Para todos. También para los periodistas.

 

Estamos remecidos, estremecidos y con un mar de contradicciones, entre la incertidumbre y la esperanza. Entre la fuerza que nos llega de la gente y el miedo a no ser capaces de dar el ancho ante el desafío que enfrentamos. Porque hoy sabemos muy bien que, en esta disyuntiva, el periodismo se convierte en una herramienta muy poderosa, clave para los ciudadanos. El buen periodismo. Uno que no se hace como llanero solitario sino en equipo; el que investiga con el compromiso con la democracia y no como activista; el que nos obliga a no ser tuertos, a sacarnos la grasa de los poros para ver mejor y más lejos, a sumergirnos en los pasillos subterráneos. Ese buen periodismo que nos obliga también a despojarnos de todo deseo de agradar, de todo miedo a enfrentar al que nos quiere estafar, esclavizar, humillar, despojarnos de dignidad. A todo aquel que nos quiere cooptar.

 

El problema es que ese buen periodismo también nos obliga a estudiar. Porque el poder que enfrentamos es muy poderoso y se sabe camuflar.

Un ejemplo de ello está en las cinco compañías petroleras y de gas más grandes del mundo: gastan US$200 millones al año solo en lobbies para controlar, retrasar o bloquear políticas anticalentamiento global de cumplimiento obligado.

 

Con ingresos anuales que superan los US$450 mil millones, Exxon Mobil es una de las empresas más grandes del mundo. El periodista Steve Coll en su libro El Imperio Privado reveló cómo Exxon sentó su poder en el mundo en los ’90 vendiendo petróleo y gas. Y concluyó que penetrar su estructura de ganancias, prebendas y poder es más difícil que investigar a la CIA. Tenía razón. El jefe de ese departamento de operaciones especiales de Exxon fue Lee Raymond, quien dirigió la CIA entre 1993 y 2005 y fue quien dirigió el equipo que minó la acción de activistas y científicos en su lucha por disminuir emisiones de carbono y el calentamiento global.  Eso es corrupción. Una que corroe las democracias y que mata.

 

No nos extrañemos entonces que de pronto surjan “centros de investigación” con científicos connotados y trabajos muy serios que desmienten el calentamiento global. Su objetivo: impedir que los gobiernos adopten medidas urgentes y necesarias que perjudicarían sus intereses, haciendo  bajar cuantiosamente sus utilidades. Y los periodistas caemos en esas y otras trampas similares, difundiendo esas noticias falsas, contribuyendo -con pago o sin él- al engaño letal de los ciudadanos.

 

Latinoamérica sigue siendo la región más violenta del mundo sin tener conflicto armado declarado y la segunda más desigual de todo el orbe (detrás de África subsahariana). La brecha entre ricos y pobres se disparó a su nivel más alto en 30 años desde 2011. Y ello, a pesar de que en América Latina venimos saliendo de la década dorada en ingresos.

 

Sí, una época dorada de ingresos para los estados que se inició en 2010 pero que se gestó en diciembre de 2010 cuando culminó un año en que tuvimos 10 elecciones presidenciales candentes y ni un solo quiebre institucional, y eso a pesar de que Felipe Calderon le ganó en México a López Obredor, el candidato de la izquierda, por tan solo 240 mil votos.  El ciclo lo cerró en diciembre de 2006 la reelección de Hugo Chávez en Venezuela, y lo inició Evo Morales en Bolivia (diciembre 2005), Michelle Bachelet en Chile, Oscar Arias en Costa Rica, Álvaro Uribe en Colombia, el único de derecha; Alan García en Perú, La reelección de Lula en Brasil, Daniel Ortega fue elegido en Nicaragua y Ecuador también optó por la izquierda eligiendo a Rafael Correa. En Argentina ya estaba el kirchnerismo. Pinochet se convirtió en cenizas en diciembre de 2006 al tiempo que los sobrevivientes de la cacería de la Operación Cóndor cambiaban la geopolítica del continente desterrando la bota militar y prometiendo como prioridad atacar la miseria, la desigualdad y los débiles estados.

 

Han transcurrido 20 años. Y ahí está el balance de lo que dejaron esos gobiernos “progresistas”. No se pudo permear el férreo muro de la desigualdad a pesar de la riqueza de ingresos. Aunque hay que decir que, en algunos países -como Brasil y Chile- se sacó a millones de la pobreza. Lo que quedó fueron cientos de miles de millones de dólares atrapados en una maraña de corrupción de miles de millones de dólares escamoteados a los Estados y a sus posibilidades de mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos. Una corrupción sistémica.

 

Esa es la epidemia que ha encendido la frustración democrática en nuestros países. Las democracias imperfectas han seguido deteriorándose en esta crisis al ritmo del estallido de millonarios episodios de corrupción, de los cuales OAS y LAVAJATO han sido las más escandalosos abarcando a 10 países del continente. Y mientras, asistimos al avance sin control del crimen organizado, el que nos otorga el premio a la región más violenta del mundo.

 

Todo ello ha carcomido las instituciones del Estado ya débiles y ha convertido a millones de ciudadanos de territorios vulnerables en prisioneros en zonas ocupadas por el crimen organizado. Ante este fenómeno, los periodistas debemos abrir bien los ojos, porque no es solo narcotráfico. También se comportan como carteles algunas empresas mineras, de agua y, por cierto, de elaboración de papel y los laboratorios farmacéuticos.

 

Este es el nuevo poder real que debe enfrentar el buen periodismo. Uno que despliega su potencia y la demuestra. La prueba más palpable y que se mastica: nadie va a la cárcel. Ni los que se coluden para subir los precios del papel higiénico, ni de los medicamentos ni de los pollos. Y menos los que pagan coimas a los políticos para que voten y promulguen leyes a su medida. Como bien dijo Stephen Reach, presidente del MorgannStanley Asia: “Hemos creado un monstruo: el sistema financiero internacional”.

No nos debiera extrañar entonces que las farmacias y laboratorios reciban el regalo de los sobreprecios legales y que hoy día debamos asumir que las cotizaciones más caras que hemos pagado por décadas las mujeres en las Isapres -en castigo a tener ovarios, a engendrar la vida- representan ni más ni menos que el 50% de sus ganancias. ¿Por qué nadie detuvo ese castigo indigno contra nosotras en estos 30 años de democracia? No hay respuesta señor juez.

 

Mientras en América Latina crecían los estallidos de casos de corrupción, en Chile actuábamos como si nada de ello nos afectara. Un ejemplo: En Perú, en 2019 se supo que los ejecutivos de OAS entre 2010 y 2014 pagaron aproximadamente US$33 millones en coimas a por lo menos a 21 políticos de diversos partidos políticos de ese país. A ello se suman los US$34 millones en coimas que pagó la constructora Odebrecht a distintos políticos de ese país. En total: US$77 millones.

 

Pues bien, en abril de 2019, en un solo caso de corrupción en Chile, un tribunal le ordenó a los ejecutivos de La Polar indemnizar en US$76 a solo tres de la seis AFP que controlan este mercado cautivo de casi 11 millones de ahorrantes obligatorios. Solo pocas líneas mereció ese dictamen revelador. ¿Dónde estábamos los periodistas ante este fraude millonario que nos afecta a todos? ¿Y los fiscales?

Sí, nos ha ido quedando claro que estamos frente a un nuevo poder tan oculto como real. Enfrentamos dos industrias letales:  la industria de defensa de la riqueza y la industria de las noticias falsas.

 

¿Cómo funciona? Ya mostramos el ejemplo de cómo actúa Exxon frente al cambio climático. Otra arista la entrega el economista Gabriel Zuckman: demostró que el 40% de las ganancias de las multinacionales (US$600 mil millones) se transfieren cada año a paraísos fiscales. Y concluyó: “Una sociedad que permite que multimillonarios y multinacionales retengan el 10% del PBI mundial en paraísos fiscales, es tóxica para la democracia”.

 

A esa industria de defensa de la riqueza pertenecen por cierto connotados abogados. Son los mismos que acaparan la defensa de todos los inculpados por los escándalos de corrupción: de los que pagan las coimas y de los que las reciben. El mismo club. Son los mismos abogados que se enriquecen con sus fórmulas de ingeniería tributaria al borde de la ley: como para llegar en forma expedita a empresas zombis y paraísos fiscales. Para eso sirve también la corrupción: para evadir impuestos sin que nadie vaya a la cárcel.

 

Sí, también hay cientos de periodistas que manipulan con mentiras. Traicionan su compromiso ético a cambio de dinero y granjerías por la cercanía del poder. Porque ese nuevo poder, tan real como oculto, ha creado otra industria: la de las NOTICIAS FALSAS. Nos inyectan diariamente -a través de distintos formatos y medios- información falsa envuelta en un satinado velo. Ha llegado la hora de decir basta a esa tregua que hemos mantenido por siempre los periodistas con aquellos que mienten cada día.

 

El poder que enfrentamos tiene más fuerza y dinero que nunca. tratan de asfixiarnos o de simplemente eliminarnos. Porque lo que perdura, lo que rompe el circuito de la impunidad en tiempos de crisis y provoca el cambio, es el periodismo serio, riguroso, que no hace concesiones. Uno donde no hay espacio ni para llaneros solitarios, buscadores de fama fácil, iluminados y tampoco depositarios de la verdad. Y todos sabemos hoy lo que significa este enorme privilegio de ser periodistas, a secas. Solo al servicio de los ciudadanos.

 

Es el único que puede meter bajo la misma mira de la investigación exhaustiva a algunos dirigentes sindicales de las pesqueras, que también fueron pagados -al igual que los políticos y subsecretarios-, para que con sus mentiras y fuerza aportaran a sacar una ley espuria. Y a los por los menos 20 dirigentes sindicales de Codelco que acaban de ser denunciados a la justicia por un millonario fraude con seguros. Mas de US $20 millones “desviados”. Los periodistas no lo vimos. Aun no lo entendemos.

Como tampoco asumimos que esa elite chilena de 11 billonarios suma a su enorme poder económico un poder político directo. Y por ello, obtienen privilegios que nadie cuestiona, tampoco los periodistas, pero que la gente observa, entiende, mastica.

 

Paul Fontaine nos recordaba el pasado noviembre que según un estudio de la BCG las 140 personas más ricas de Chile con patrimonios superiores a US$ 100 millones cada uno, concentran el 20% de la riqueza privada chilena. En conjunto tienen US$90.000 millones. Y concluía en un punto crítico y que provoca toda la resistencia: se les debe cobrar los impuestos a la herencia adeudados en los últimos 30 años.

 

Esos mismos ricos locales, asociados al poder multinacional, son los dueños del Agua, Medios de Comunicación, Equipos de Fútbol, Isapres, Clínicas, Universidades, Supermercados, Inmobiliarias, Bancos, Mineras, Pesqueras y Forestales y AFP, que acumulan algo así como US$280 mil millones, casi el PIB de Chile.

 

Mientras tanto, el 70% de los trabajadores de nuestro país gana menos de $550.000 y la gran mayoría de los hogares debe endeudarse para llegar a fin de mes. Una realidad que, en su cotidianidad, tal como es vivir una enfermedad grave y tener que esperar y esperar por un tratamiento que no llega jamás, es ajena para los que integran esa elite, políticos, autoridades, jueces, empresarios y también algunos periodistas.

Lo que viene está lleno de incertidumbres y peligros. Como los seis millones de personas que acrecentaron la pobreza dura, extrema, en 2019 en América Latina (cifra de la CEPAL). Y la violencia y con ello la violación a los derechos humanos que vuelve a sacudir a algunos de nuestros países y especialmente al nuestro.

 

Y también de esperanza. Porque la frase “pobre el que no cambia de mirada” tiene más fuerza y más urgencia que nunca para nosotros los periodistas. Porque hoy sabemos que el buen periodismo puede ayudar y empujar el cambio. El periodismo que pone la ética y los ojos bien abiertos en el centro de su acción y el despojo del ego y el rechazo a ser cooptados en la tónica de su actitud.

 

Aquí en esta sala, vamos a premiar a un grupo de periodistas que saben cómo correr la línea del horizonte todos los días. Bregan por ello en los medios tradicionales del país y en distintos formatos. Sortean presiones y censura, una palabra que nunca se pronuncia.  Lo hacen con convicción y la fuerza que les aporta su excelente reporteo de la verdad. Son nuestros héroes. Hoy a ellos les rindo homenaje. Me emocionan. Me enorgullecen.

 

 

 

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